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L'ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

Artículu de Ramón Tamames publicáu en La Razón

suareztiemesLa mayoría de los españoles se posicionaron en pro de la búsqueda de la prosperidad, en vez de ir a la confrontación según esquemas radicales como los de los últimos tiempos de la Segunda República
Vista retrospectivamente, la transición española a la democracia, cabe analizarla en función de las fuerzas convergentes que a ella contribuyeron. Entre las cuales ha de situarse primero de todo el crecimiento de las clases medias, que tendió a favorecer un ajuste pactado del cambio de un régimen a otro. Pesando mucho en ello la memoria histórica de entonces (no la sesgada de ahora), de lo que fue una trágica guerra civil, que con la victoria mantuvo divididos a los españoles por décadas. Como también influyó la nueva estructura económica, que fue generándose, con un empresariado muy entendedor de las nuevas realidades sociales, y unos sindicatos que gradualmente dejaron atrás los planteamientos visionarios de otras épocas.
En definitiva, la mayoría de los españoles se posicionaron en pro de la búsqueda de la prosperidad, en vez de ir a la confrontación según esquemas radicales como los de los últimos tiempos de la Segunda República. En ese sentido, la idea de reforma agraria perdió pulso histórico, por la reducción drástica que significaron las migraciones internas respecto al número de obreros agrícolas. Y otro tanto sucedió con la socialización de los medios de producción, en el marco de una «economía nacional», que claramente se vio iba a depender sobre todo de los condicionantes internacionales (OCDE, FMI, Banco Mundial, CEE), y no de las decisiones de una oligarquía anclada en los tiempos del proteccionismo a ultranza.
Por otro lado, antes de iniciarse ese proceso de la transición, ya era un secreto a voces que al Príncipe de España, designado como tal en 1969, el actual Rey Juan Carlos I, ni se le pasaba por la cabeza que fuera a regir los destinos del país con las leyes fundamentales del franquismo. Que por unos meses se mantuvieron con el Gobierno de Airas Navarro, en una fase complicada y tensa; que por racional exclusión, llevó al nombramiento de Suárez en el propósito de desbloquear el cambio.
La gran mutación también cuajó porque, desde años atrás, había una ósmosis creciente entre individualidades del régimen favorables a la senda democrática, y quienes en la vida diaria personalizaban a los partidos de la oposición, todavía más o menos clandestinos. En la idea de escoger una senda que evitara los peligros de una nueva guerra civil, que ciertamente sólo habría sido posible si las fuerzas armadas se hubieran partido en dos facciones; cosa que no sucedió, en gran medida por la fortuna de que al lado de Suárez estuviera el general Gutiérrez Mellado. Sin olvidar el decisivo papel de la Iglesia -en definitivo aggiornamiento por el Concilio Vaticano II-, que se había abierto a una nueva conciencia; con los curas obreros a lo Padre Llanos, y la nueva jerarquía inteligente simbolizada por el Cardenal Tarancón.
Toda esa situación se potenció con ideas sobre la reconciliación nacional desde la izquierda (PCE), quedando las extremosidades para algunos grupúsculos que fueron disolviéndose con rapidez. En tanto que en el caso del PSOE, aunque retuviera por un tiempo ciertos resabios de crispación, acabaron pesando más los efluvios de la Fundación Ebert y del apoyo de toda la socialdemocracia alemana. Abandonándose así las viejas ideas de un Largo Caballero, que junto con el general Mola, tuvo máxima responsabilidad en lo que ocurrió en julio de 1936.
Por lo demás, el contexto internacional de la democracia generalizada en Europa occidental, tras el final de la era de los coroneles en Grecia y la revolución de los claveles en Portugal, situaba a España en una senda en la que el cambio se hacía inevitable... a poco que el «dramatis personae» aludido hiciera el esperado recorrido, con racionalidad y generosidad. Como así sucedió.
Y una vez restablecida la democracia, ésta tuvo tres ideas fuerza. La primera, la Ley de Amnistía, que cerró el paso a la posibilidad de brotes revanchistas de la izquierda respecto a la derecha, y de persecuciones en la otra dirección. El segundo paso, un gran avance, fueron los Pactos de La Moncloa, que prefiguraron la Constitución. Y el tercer gran acorde estuvo en la propia Constitución de 1978.
Así nació y se desarrolló el espíritu de la transición, que ahora es discutido por ciertas minorías: desde el terrorismo, pero también por quienes se dejan embaucar por negociaciones imposibles con ese mismo terror. Y por quienes utilizan el soberanismo como un pretendido ariete contra la idea de un Estado de concordia, justicia y libertades.
Frente a esos reductos minoritarios que intentaron demoler el marco institucional que defiende la inmensa mayoría de los ciudadanos, quienes estuvimos en las Cortes Constituyentes de 1977, y todos los que asumen ese mismo ideal, tenemos la obligación de mantener vivo el espíritu de la transición renovándolo, de cara a los nuevos retos, a los que será necesario dar nuevas respuestas. Siempre dentro del marco que nos trazamos con nuestra Carta Magna de 1978, que es un pacto nacional sin los trágalas ni las imposiciones de toda nuestra anterior y tortuosa historia constitucional.

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