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L'Asturies Lliberal

25/03/2008 GMT 1

Nin, anatomía d'un asesinatu

circululliberal @ 22:21
El 1 de agosto de 1937, George Orwell escribió a Amy Charlesworth: «Cuando salí de España, el 23 de junio, el partido con cuyas milicias estuve combatiendo, el POUM, acababa de ilegalizarse, la Policía se dedicaba a echar el guante a todo aquel que hubiera tenido alguna relación con el partido, incluso a los heridos de los sanatorios, y los encerraba en la cárcel sin juicio previo. Yo fui muy afortunado por poder salir de España, pero muchos amigos y conocidos míos siguen en la cárcel y mucho me temo que serán fusilados, no por haber cometido un delito concreto, sino por haberse opuesto al Partido Comunista...».
Tras los «hechos de mayo», las cárceles «estaban tan abarrotadas que tuvieron que encerrar a muchísimos detenidos en comercios y otros calabozos provisionales», apunta Orwell en «Homenaje a Cataluña». Barcelona era una colmena de chekas estalinistas que escapaban al control de la Generalitat.
«Gobierno de la Victoria»
Irónicamente denominado «Gobierno de la Victoria», el gabinete Negrín sellaba la hegemonía soviética. El comunista Jesús Hernández asumió las carteras de Instrucción Pública y Sanidad, mientras que la Dirección General de Seguridad quedó en manos de otro comunista, Ortega. Alexander Orlov les exigió varias órdenes de arresto contra dirigentes del POUM, ninguneando al ministro de la Gobernación, el socialista Zugazagoitia.
«Era un hombre de casi dos metros de estatura, elegante y fino en sus maneras. Hablaba el español con cierta soltura. No tendría más de 45 años. A primera vista nadie hubiera sospechado que tras de aquella aparente distinción se ocultaba uno de los más intransigentes inkavedistas...». Hernández vio así a Orlov en «Yo, ministro de Stalin en España», libro publicado en 1953, tras la muerte del zar rojo. El mismo año de la «Historia secreta de los crímenes de Stalin» que Orlov publicó por entregas en la revista «Life». Tras dirigir el asesinato de Nin, Orlov escapó a los Estados Unidos y pidió asilo político. En sus memorias relata minuciosamente las purgas estalinistas pero no dice una sola palabra de su siniestra misión en la España del 37.
Matar a Nin
Jesús Hernández sí supo lo que hizo Orlov en aquellas fechas y su plan para matar a Nin, construido sobre mentiras: identificar al POUM con una red de espionaje falangista que se comunicaba con tinta simpática. Orlov jugueteaba con su encendedor mientras explicaba los pormenores de la operación. Hernández advierte que Negrín debiera conocer un asunto tan delicado, pero a Orlov le trae sin cuidado la opinión del Gobierno: «Ahora es el momento ideal para descargar un golpe aniquilador sobre esa banda de contrarrevolucionarios... Tenemos una montaña de pruebas, de pruebas aplastantes», exclama. Hernández no lo ve claro: «Tengo la impresión de que todas esas pruebas son un fotomontaje hábilmente preparado, pero dudo que resistan la prueba de un tribunal legal».
La estrategia soviética era irreversible. Hacía meses que Slutsky, jefe de la División extranjera de la GPU, organizaba la policía secreta según el modelo soviético, especialmente en Cataluña, donde el POUM abanderaba el antiestalinismo. La atmósfera de Barcelona devino tan asfixiante como el Moscú de las purgas. Escasez de alimentos, rumores activados por el agit-prop, censura de prensa, delaciones y más de cuatrocientas detenciones... «Era como si alguna poderosa inteligencia maligna pesara sobre la ciudad», anota Orwell.
Con Orlov como director, el teniente coronel Ortega y el jefe de policía Burillo ejecutarán la macabra partitura. Cuando Hernández se entera de la detención de Nin le acompaña José Díaz. Un Ortega «cohibido y pálido» les dice que Togliatti, Codovila, Pasionaria y Checa se encontraron con Orlov: «Me ordenaron que transmitiera por teletipo al camarada Burillo la orden de arresto de Nin, Gorkin, Andrade, Gironella, Arqué y todos cuantos elementos del POUM fueran indicados por Antonov Ovseenko (cónsul ruso en Barcelona)». Hernández y Díaz se trasladan al Comité Central e inquieren sobre tan turbio asunto. A Ibárruri le parece políticamente intrascendente: «¿Qué importancia puede tener la detención por la policía de un puñado de provocadores y espías?», se pregunta con sorna.
Llega la purga
La suerte estaba echada. Miles de comunistas repetían los eslóganes que propaga «Mundo Obrero»: Atacar a Stalin es atacar a la Unión Soviética, el pueblo amigo de la República. La GPU pasaba por encima del ministro Zugazagoitia. El SIM (Servicio de Investigación Militar) realizaba nombramientos sin consultar al ministerio de Defensa, como denunció Indalecio Prieto. A partir de 1937, por oportunismo político o terror cerval, el antaño minúsculo PCE y su versión catalana, el PSUC, tuvieron 50.000 nuevos afiliados en tres meses. La propaganda hacía el resto.
Tras eliminar a sus antagonistas españoles y cobrarse con lingotes de oro del Banco de España el armamento defectuoso, al Stalin de 1938 le importaba poco la República. En 1939 llegó la derrota y el pacto germano-soviético. Cuando Hitler invadió Polonia, los comunistas siguieron el guión moscovita con la misma docilidad con que callaron ante el asesinato de Nin: «Declararon la contienda como una guerra entre potencias imperialistas y, entre los dos bloques, optaron por el del fascismo al cesar de combatir a éste y presentar a ingleses y franceses como «incendiarios de guerra»», concluye Hernández. «La ignorancia es la fuerza» (Orwell, «1984»).
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