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Socialismu reformista (de cases)

Un artículu de J. Albiol publicáu güei nel ABC que fala d'ún de los aspectos del despilfarru de perres públiques que tien fecho'l gobiernu de Rodríguez Zapatero.

El socialismo gobernante ha descubierto que meterse en obras, trago siempre gravoso y amargo, es más llevadero si paga el contribuyente. La reforma del piso propiedad del Ministerio de Administraciones Públicas que ocupa el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo (espaciosa solución habitacional de 220 metros cuadrados, cuando la media de superficie de las casas de los españoles apenas supera los cien) ha espoleado la indignación ciudadana como sólo lo hacen los despilfarros tangibles para la gente corriente. Los desvíos de fondos y desfalcos de millones de euros se sitúan en otra órbita y no calan en los poros de la opinión pública como la gorronería obscena de lo menudo, si por «menudo» se entiende lo que a cualquiera se le alcanza: por ejemplo, lo que supone entrar en el Corte Inglés a chequera abierta (y ajena) y dejarse 250.000 euros en tarima, alicatados, tapicerías y jardineras a sólo dos meses de unas elecciones que pueden suponer el final del chollo (el cargo). Con la zafiedad añadida de las insinuaciones sobre la anterior ocupante de la vivienda, la ex ministra Trujillo.
Un nuevo socialismo reformista, en suma, que tiene su más chusco antecedente en José Marco, el presidente socialista del Gobierno de Aragón que terminó inhabilitado y condenado por llevarse a su casa un sillón de piel (valorado en poco más de sesenta mil pesetas de entonces) pagado por la Diputación de Zaragoza.
Sin concurso público
Pero no sólo Bermejo ha confundido servicio público con uso y disfrute privado, ya que el propio José Luis Rodríguez Zapatero tiró la casa (no la suya, claro) por la ventana en el que ha sido el escándalo «reformista» de mayor rango de la legislatura, revelado en su momento por ABC y recogido ahora en el Manual del Candidato del Partido Popular como «ladrillazo» de campaña: la reforma para unas vacaciones presidenciales de la residencia real de La Mareta, en la isla de Lanzarote, por un montante de 271.697,99 euros. Con la circunstancia agravante, denunciada por la oposición, de que los trabajos se tramitaron, desglosados, en 21 expedientes distintos, con lo que se evitó que la remodelación quedase sujeta a concurso público.
La obra consistió, según hubo de informar el Gobierno en respuesta escrita al diputado del PP Miguel Barrachina, en pavimentado y asfaltado, arreglos en terrazas exteriores, piscinas y zona deportiva y reposición de balizas en el helipuerto, entre otras «minucias». Toda una relación de mejoras en la que, sin embargo, no se mencionaba, en su detalle, la más llamativa: sólo pintar la cancha de baloncesto para que jugara en ella la familia Zapatero (el presidente suele decir que le gusta compartir con sus hijas la práctica de este deporte) costó 9.000 euros. Sin embargo, el jefe del Ejecutivo no pudo apenas disfrutar de este esparcimiento porque en una de sus primeras tentativas bajo la canasta sufrió una rotura fibrilar que le dejó en el dique seco.
La mejora de las piscinas de La Mareta fue otra partida sustanciosa: ascendió a 54.167,25 euros, de los que 27.000 se destinaron a la de invitados y 22.185,83 a la privada. Porque cuando de piscinas se ha tratado, la austeridad de la familia presidencial ha hecho agua: también corrió a cargo del erario público la climatización de la de Moncloa, con un coste de 17.000 euros, en una etapa en la que Sonsoles Espinosa estaba enfrascada en unas prácticas de buceo, episodio que también ha quedado consignado en la artillería dialéctica del «Manual del Candidato» del PP.
Aznar, cauteloso con su pádel
La adaptación del complejo monclovita a los gustos y peculiaridades de sus sucesivos inquilinos no es cuestión que se haya dado sólo con Zapatero, claro, pero en otras etapas ha habido más cautela para evitar el endose de los gastos a las arcas del Estado. Así, durante el Gobierno de José María Aznar se instaló una pista de pádel que no costearon los contribuyentes porque se trataba de un regalo: las paredes de cristal y la red fueron obsequio del tenor Plácido Domingo, y el césped artificial, un agasajo de Roby Gattiker, profesional de esta disciplina deportiva. Cuando Aznar dejó el poder, se la llevó casi «puesta» (era desmontable) y, al instalarse en su chalé de Montealina, la cedió al club social de la urbanización.
Casi cuatro años después, no hay especiales motivos para creer que la izquierda gobernante sea más austera que la derecha, una vez conocidos el «maretazo» y el «bermejazo». Quizá haya atinado el ministro de Justicia en la elección de la pintura de su ático (¿rojo pasión o blanco roto?) pero el brochazo gordo ya está dado.

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