Fonte LLONGALENDO
En las pasadas elecciones nacionales del 9 de marzo, pese a que el respaldo al Partido Popular había crecido notablemente, reflejándose éste en el aumento de votos y escaños, ganaron los socialistas. Y la explicación de este resultado reside, básicamente, en que votos tradicionalmente radicales, como los de IU y ERC, entre otros, se movilizaron de forma masiva hacia el PSOE. Este es un fenómeno en el que merece la pena detenerse. Lo primero que manifiesta cualquier análisis es el hecho llamativo de que un partido que se supone nacional, tanto por su historia como por sus declaraciones, tenga una elasticidad tan notable como para permitirle conseguir apoyos en las urnas, al mismo tiempo, de sectores moderados y radicales. Es indudable que, más allá del uso de generosas dosis de demagogia o simple populismo, hay otros datos significativos que justifican esta “virtud” electoral capaz de instalarse, aunque sea provisionalmente, en bases ideológicas la mayoría de las veces opuestas o poco compatibles entre sí. La verdad es que hay elementos de la sociedad española que han peregrinado, circunstancialmente, desde su espacio natural a un cierto limbo político. La sociedad española ya no es solo aquella moderada y predecible de cuando las opciones de gobierno se decidían conquistando los votos del centro clásico. El Partido Popular se ha dirigido a esos votantes moderados, y gracias a ellos ha logrado un avance notable, pero el PSOE ha ido a la búsqueda de votos de ambos extremos de su espectro, y los ha conseguido. Si buscamos las claves de este hecho, en un primer momento podríamos pensar que los sectores de la sociedad que pudieran ver en el PSOE a un partido nacional, hasta moderado, o bien se autoengañaban, o en el peor de los casos habían dejado, en gran medida, de existir. ¿Quiere decir esto que esa capa social moderada, que electoralmente se situaba en el centro, ha desaparecido como tal? ¿Ha menguado la clase media o ha sufrido transformaciones que todavía no se han evaluado suficientemente?. En España, y por lo tanto también en Asturias, se han originado deslizamientos sociales de gran importancia, gracias a procesos económicos rápidos e intensos que han traído consigo prosperidad, pero que mal gestionada como ahora mismo sucede, puede ser transitoria y, por lo tanto, derivar en inestabilidad para nuestro país. Tras estos cambios hay factores de largo alcance, como son el ínfimo nivel de educación, la proliferación de titulaciones inadecuadas al mercado laboral o la socialización de prejuicios ideológicos, entre otros. Frente a las clases medias de antes, que educaban a sus hijos en la moderación y en principios con una clara ética social, han surgido nuevos grupos sociales que conforman unos viveros de votantes con opinión menos asentada y mucho más volátil. Entre estos grupos se encuentran lo emigrantes arraigados, que ven las cosas de una manera que todavía no conocemos bien, y para los que España tiene un significado diferente. Las clases medias que conocimos hasta hace poco, sus valores que daban estabilidad a un sistema, se han diluido en parte en un grupo más amplio. Los modelos de vida, de relaciones sociales, han variado y se han multiplicado los matices. La era global cobra forma desde el protagonismo de la juventud. Las nuevas tecnologías y el mundo de la información crean nuevos criterios y dan a los ciudadanos nuevos componentes para la formación de su pensamiento político. Sin embargo, muchas veces estos factores, propios además de algo que aún es muy nuevo, pueden contribuir a la distorsión de la realidad, cuando se conocen los mecanismos para su permeabilidad a los mensajes simples, tal como ha sido el recurso de los socialistas en estos años y que aclara como esa enorme elasticidad electoral pudo darse. Sin embargo la sociedad española, por más importantes que hayan sido sus cambios, siempre ha acabado demostrando una envidiable madurez. Ante la crisis económica, que se agranda mes tras mes, esa elasticidad llevada a la permanente alquimia semántica, al invento de términos irracionales para tratar de enmascarar con palabras los datos negativos de la realidad, ya no funciona. Cuando los bolsillos se vacían los ciudadanos se centran en los hechos; y por otra parte, los aportes temporales desde las opciones radicales cesan bruscamente en cuanto se comprueba la ineficacia del voto útil. El problema de una dilatante elasticidad electoral está en la imposibilidad de convertir en permanente lo eventual. Por eso en el Partido Popular creemos en la responsabilidad, en la transparencia, y deseamos una sociedad con mejor calidad, con mayor confianza de los ciudadanos y, constatando las profundas transformaciones a las que asistimos, sabemos que hay valores inalterables que adquieren una mayor dimensión en el mundo actual: el valor y la dignidad de la persona y en definitiva su libertad. El proyecto de los populares tiene como objetivo lograr que los anhelos de concordia y prosperidad arraiguen en nuestra sociedad de manera permanente, en una sociedad más cohesionada y solidaria, donde todos los ciudadanos cuenten con iguales oportunidades para su desarrollo personal y profesional. Para progresar no basta con actuar, hay que saber en qué sentido actuar.